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Eramos felices


Éramos felices. Teníamos poco, pero eramos felices.
Mi memoria viaja hasta mediados de los años 50. En verano. Ya no hay escuela. Son las vacaciones.
Por aquel entonces la vida de un niño de ocho o nueve años era menos sobreprotegida que la de hoy día. Vivíamos en la calle. A esas edades, el necesario equilibrio consistía en estar fuera pero sin alejarse mucho de la casa. De vez en cuando la madre asomaba por la ventana y te llamaba. A media tarde te reclamaba la merienda.
Por aquel entonces, palabras como supermercado, televisión, plástico, frigorífico eran conocidas, pero más de oídas que de otra cosa. Por eso uno de mis trabajos participativos en el hogar consistía en cargar un cubo de metal zincado, guardar bien en el bolsillo la moneda de peseta y con paso diligente (sobre todo a la vuelta) dirigirme a la fábrica de hielo a comprar un tercio de barra. Eso eran aproximadamente 6 kilos incluído el cubo y el trapo blanco para que en el camino de retorno, no le diera el sol directamente. Ese pedazo, alimentaba aquella especie de armario blanco, de madera, que llamaban nevera y que aunque parezca mentira enfriaba las cosas durante todo un día y sin gastar ni un solo watio.
Las tarde veraniegas acababan bastante antes de la puesta de sol. Y el callejeo finalizaba en el momento en que la voz que sonaba en la ventana ya no eran los tres intentos de la madre, sino otra más grave y autoritaria que con solo pronunciar mi nombre conseguía su propósito. Papá habia llegado a casa.
Entonces, aquel armario blanco ofrecía unos tragos de un agua fresca que era poco menos que una delicia. Sí, querido amigo; entonces la vida era tan sencilla que unos tragos de agua fresca eran apreciables. Ni Coca.Cola, ni gaseosa, ni "Mirinda". Agua, solo agua. A veces; pocas, con uno poco de limón.

Volver a casa también tenía su encanto. Mis padres me invitaban a unos parchises y eran unos momentos de reunión entrañables y divertidos. Papá siempre bromeaba y hacía trampas para hacernos rabiar.
De qué cantidad de cosas nos priva la jodida televisión !

Pero en casa había una radio. Aquella caja con tela bordada y un extraño ojo verde que no se encendía de golpe, sino paulatinamente. Y aquel dial lleno de nombres de ciudades lejanas.
Ese aparato, era el culpable de que el parchís se acabara. Mi padre quería escuchar "el parte"... Parte porque aunque la guerra ya hacía tiempo que acabó, a las noticias, seguían llamándolas así.
Mamá también tenía sus debilidades radiofónicas. Ella era más del "Consultorio Femenino de Elena Francis" y yo aunque muy jovencito para entender casi nada, me partía de la risa, viéndola sentada al lado del aparato, con sus agujas de calceta y hablando como si aquella señora estuviera realmente allí o exclamándose de las cosas que explicaba.
Era excitante, cada mañana, esperar el camión del Sr Llenas, el lechero que me dejaba subir a su destartalado camión y nos dábamos la vuelta al barrio. Era una maravilla poder pasar un ratito en el taller de Santi, el ebanista, que tenía una heladera manual y fabricaba helado. Era maravilloso ir al cine del barrio (se llamaba Familiar) donde los bancos eran de madera, dura como un demonio, pero donde las historias de "indios y  vaqueros" serían luego emuladas toda la semana con los amigos.
Suspiraba por una bicicleta. Llegó al cabo de unos años, junto a una escopeta de balines.
Eran otros tiempos. Era el siglo XX

Comentarios

  1. Muy entrañable. Yo también era pequeña cuando retransmitían "Mi querida Francis", recuerdo que mi madre la escuchaba mientras fregaba la cocina o cocinaba, y es más, recuerdo que escribimos no sé si para mi hermana o para mí pidiéndole consejo sobre el acné juvenil. Qué tiempos, a esa edad el mundo era nuestro. Gracias por compartirlo.

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